Una etiqueta empieza mucho antes de llegar a la botella

Cuando vemos un producto en una estantería, la etiqueta parece una pieza bastante sencilla. Un diseño, unos colores, un logotipo y determinada información colocados sobre un envase. Pero antes de que ese conjunto llegue a nuestras manos hay un proceso bastante más amplio en el que intervienen diseño, tecnología, materiales y producción.
De hecho, una parte importante del trabajo ocurre cuando todavía no existe ninguna etiqueta física. Es el momento en el que se prepara el archivo, se comprueba que todo esté correctamente planteado y se decide cómo llevar el diseño del ordenador al material definitivo.
El boceto no siempre dice toda la verdad
Una imagen puede verse perfecta en una pantalla y ofrecer un resultado completamente diferente al imprimirse. Los colores, los tamaños, los pequeños textos o determinados efectos necesitan ser revisados pensando en el proceso de producción.
Por eso la preimpresión tiene tanto peso. Antes de poner en marcha una máquina hay que comprobar que el diseño sea técnicamente viable y que todos sus elementos estén preparados para reproducirse correctamente.
También hay que tener en cuenta el tipo de etiqueta, el material sobre el que se va a imprimir, la cantidad de unidades y los acabados previstos. No requiere el mismo planteamiento una pequeña tirada con varios modelos que una producción de gran volumen.
Un buen fabricante de etiquetas no se limita, por tanto, a imprimir un archivo que recibe por correo. Existe un trabajo previo que puede evitar problemas cuando el diseño pasa a producción.
Elegir cómo imprimir también forma parte del diseño
Offset, flexografía, impresión digital, Inkjet o serigrafía no son simplemente nombres de diferentes máquinas. Cada tecnología tiene unas características determinadas y puede resultar más adecuada dependiendo del proyecto.
La elección puede estar relacionada con el volumen de producción, el número de referencias, el nivel de detalle del diseño o los efectos que se quieran conseguir. En algunos casos interesa especialmente la precisión del color; en otros, la flexibilidad para trabajar con diferentes modelos.
En proyectos con tiradas pequeñas o múltiples versiones, por ejemplo, la impresión digital puede ofrecer posibilidades interesantes. Cuando se trabaja con grandes volúmenes, pueden entrar en juego otras tecnologías.
Esto hace que el proceso tenga una parte casi artesanal de planificación. Antes de decidir cómo imprimir, hay que entender qué necesita realmente el producto.
Y luego llegan los acabados
Aquí es donde una etiqueta puede cambiar bastante de aspecto.
Un barniz puede aportar brillo o proteger determinadas zonas. Un relieve puede hacer que un elemento del diseño tenga presencia al tocarlo. Una estampación puede aportar un efecto metalizado. Un troquelado permite salir de las formas convencionales y los datos variables abren posibilidades para personalizar determinadas producciones.
Son recursos que no tienen por qué utilizarse todos juntos. De hecho, muchas veces el resultado más interesante se consigue combinando únicamente aquellos que tienen sentido para el producto.
Grupo Macho trabaja con diferentes posibilidades de acabado, entre ellas estampaciones, relieves, barnices, troquelados y datos variables. Esto permite plantear la etiqueta como un conjunto y no como una simple superficie donde colocar información.
Una etiqueta tiene que funcionar cuando sale de la fábrica
Hay otro aspecto que suele pasar desapercibido: la etiqueta no vive en una pantalla ni en una muestra de impresión. Tiene que terminar colocada sobre un envase, viajar, almacenarse y llegar al punto de venta conservando las características previstas.
Eso obliga a pensar en cuestiones prácticas. Cómo se manipulará, sobre qué superficie se colocará, qué condiciones puede encontrar durante su vida útil o qué tipo de acabado tiene sentido para el producto.
En sectores como alimentación, bebidas, cosmética, perfumería o productos de limpieza, las necesidades pueden ser muy diferentes. Una etiqueta destinada a una botella de vino no tiene por qué plantearse igual que la de un producto cosmético o la de un envase que va a permanecer en ambientes húmedos.
La experiencia acumulada permite precisamente detectar estas diferencias antes de que se conviertan en un problema durante la producción.
La parte que el consumidor nunca llega a ver
Quizá lo más curioso del etiquetado sea que buena parte del trabajo desaparece por completo cuando el producto llega a una tienda. El consumidor ve el resultado final, pero no todo lo que ha ocurrido antes.
No ve las pruebas de color, las comprobaciones del archivo, las decisiones sobre el sistema de impresión ni las pruebas de los acabados. Tampoco ve las conversaciones necesarias para ajustar un diseño a las características concretas del envase.
Y probablemente sea una buena señal que todo eso pase desapercibido. Cuando el trabajo está bien coordinado, la etiqueta simplemente parece estar ahí, perfectamente integrada en el producto.
Ese es uno de los motivos por los que elegir un fabricante de etiquetas no debería reducirse a comparar únicamente precios por unidad. La capacidad técnica, las tecnologías disponibles y la experiencia en diferentes sectores pueden tener mucho peso en el resultado.
En Grupo Macho, ese proceso reúne áreas de preimpresión, producción y diferentes tecnologías de impresión y acabado. Al final, una etiqueta puede parecer una pieza pequeña, pero conseguir que funcione correctamente requiere bastante más trabajo del que se aprecia cuando simplemente cogemos el producto de una estantería.